Del PRÓLOGO a la 1a edición
Crónica de Viajes y Rayuelas tiene la virtud de ser un libro donde Cortázar y su mujer Carol Dunlop, pese al homenaje que el autor hace en cada rincón del mismo, no eclipsan al verdadero protagonista del mismo: un joven José Alias que, después de una cena en Madrid en la que conoce al autor de Rayuela por medio de amigos comunes, comienza una relación epistolar con el escritor. Dicho primer encuentro le lleva a París, y las visitas allí o en Madrid y la correspondencia que mantienen sólo se verá interrumpida por la muerte de Julio y Carol. Alias se convierte así en una especie de personaje de Paul Auster, un joven que mantiene una relación personal con dos personas inolvidables. Una amistad nacida de un encuentro a deshora, que diría Julio, y que tantas transformaciones y recuerdos le traerían a José Alias. Tantos, que más de veinte años después las sensaciones siguen a flor de piel, y por eso a flor de página.
Aunque es un libro innegablemente biográfico y hagiográfico, no hay que desatender su ensamblaje literario. No sólo el autor, sino los propios Julio y Carol, se convierten en personajes de una novela de crecimiento, donde el matrimonio opera como una especie de espejo reflectante donde el autor se busca y encuentra. La lectura es de aparente sencillez, con constantes guiños a los juegos literarios e idiomáticos de Cortázar, pero el libro tiene la extraña cualidad de sobrecogernos con los pasajes más simples. Confieso que, cuando me invitaron a leer el texto, temí que fuera una compilación oportunista de cartas de un autor consagrado. Quítense esa idea de la cabeza. Estamos ante el escritor José Alias, que nos regala a Cortázar y a Carol como dos magníficos personajes. Paradojas: el actor José Alias dirige al escritor, como si intercambiaran los oficios. Y a tenor de la destreza con la que se ha movido nuestro autor en su primer libro, de la capacidad de transmitir emociones aparentemente tan intransferibles, parece como si José Alias fuera un heterónimo tras el que se escondiese nuestro añorado Julio.
M. V.
Carol Dunlop, foto.


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